David y Betsabé, o el caso del terrado indiscreto (Parte Final)

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David y Betsabé, o el caso del terrado indiscreto (Parte Final)

¡Hola!

En estas dos últimas semanas hemos aprendido cómo las preguntas nos ayudan a aproximarnos a las motivaciones primarias del autor. Hoy vamos a revisar dos personajes más dentro del relato: Betsabé y su esposo. Vamos a ver que existen varios tipos de personajes, y cómo su naturaleza determina el tipo de interacción que tienen dentro de los sucesos que se narran.

Betsabé es de la familia de Eliam, quien era un guerrero muy valioso que pertenecía al cuadro especial de los “hombres valientes” del rey. Además, estaba casada con Urías heteo, soldado del ejército de David. Betsabé, entonces, no era una mujer desconocida ni desapercibida, pertenecía a los íntimos de la corte del rey, y David sabía exactamente quién era ella y dónde estaba su marido (Algunas traducciones y variantes mencionan que posiblemente David dijo, al verla: “¿no es esa Betsabé?”).

¿Qué tan novelada es esta historia entre David y Betsabé? Metiéndonos un poco en el terreno de la literatura, y reconociendo que la Biblia es literatura, llama la atención el contexto que se utiliza para caracterizar a los personajes principales en este drama pasional. Él, muy grande, poderoso, notorio, un verdadero héroe para su pueblo, un conocido por su fidelidad a Dios, un poco entrado en años, con la tranquilidad y el descanso que se tiene solo cuando se ha vivido bastante y de manera intensa. Ella, una mujer de buena familia, pero una mujer después de todo, viviendo en una sociedad donde ella no cuenta, donde poco importa, donde no tiene voz, donde tiene muy pocos derechos, pero muchos deberes. Y muy hermosa… Los ingredientes de la tentación y el abuso están allí: El poder y la belleza, conjugados sexualmente para sacar de su centro al más pintado. ¿Cómo no se puede, desde ya, entrever los resultados fatídicos de esta historia?

El relato bíblico es bastante sucinto. Sólo dice que el rey David mandó a llamarla y tuvo relaciones sexuales con Betsabé. Después de eso, ella se purifica de su inmundicia, pues tenía la menstruación, y regresa a su casa… Así de sencillo. Pero, ¿vemos algún amago de reticencia de parte de Betsabé? ¡Pues, no! Creo que debemos estar de acuerdo que esta mujer no tenía cómo negársele al rey. Probablemente, su vida corría peligro si lo hacía… Pero, si al menos hubiese reconvenido al rey, el relato así lo dijera.

¿Podemos juzgar a Betsabé por esto? Me inclino a un no… La mayoría de los autores tienden a eximirla, hasta cierto punto, dado el papel de la mujer en esta sociedad y en esta época. Si el relato no ofrece mayor detalle, es difícil continuar en el análisis de las motivaciones de Betsabé. El autor de 2 Samuel decide no darle voz a esta mujer. En ninguna parte se reseña un diálogo entre David y Betsabé. Ella jamás expresa palabra alguna en el texto. Desde el punto de vista literario, Betsabé es un personaje completamente plano que muestra una sola dimensión: Su belleza. ¿Contamos con elementos culturales para juzgar o salvar a Betsabé? Realmente, no… (Salvo los ya mencionados en cuanto a su rol de género en esa sociedad). De cualquier manera, si lo hiciéramos, caeríamos en el plano de la elucubración, peligroso esto cuando se trata del texto bíblico.

Si leyéramos hasta aquí el relato, no habría muchas implicaciones a la historia. Solo sería un relato más de abuso de poder, de adulterio, en una época y con un hombre que, si bien conocía de límites, pues era un hombre temeroso de Dios, parece que en esta ocasión y en ocasiones siguientes no tendrá mayores miramientos para pecar y ocasionar las terribles consecuencias de sus actos. Pero no, la cosa no queda allí. Poco tiempo después la chica llega con la noticia de que está embarazada… Y es allí donde se desencadenan las situaciones más erráticas.

Ya hemos mencionado hasta la saciedad lo poderoso y rico que era David en este momento específico de su vida. Hasta ahora él se ha comportado como un rey mimado, ocioso y caprichoso, que hace gala de su poder y lo usa sin mucho remordimiento moral. David vio a Betsabé, la codició y la poseyó, punto. Pero este rey David, dueño de sí, se desmorona ante nuestros ojos al conocer el estado de gravidez de la hermosa mujer de Urías.

El relato continúa narrando ahora una serie de acontecimientos que se suceden de forma precipitada. David pide a Joab que le envíe a Urías heteo. Y es aquí, en este punto del texto cuando se desarrollan diálogos llenos de matices y detalles que dan luz en cuanto a David, como malvado y lujurioso rey, y Urías, como un leal y desapercibido soldado (estos 2, a mi parecer, son los verdaderos protagonistas del relato) Pero, ¿quién es este hombre, Urías? Cómo ya hemos mencionado, Urías es parte del grupo selecto de los valientes guerreros del rey, junto a su suegro Eliam. No es un hombre israelita.

Al llegar Urías ante la presencia del rey, David hace intentos de una conversación casual e inconsecuente con Urías (“small talk”, como se diría en inglés) para, muy pronto comenzar a dar rienda suelta a su intriga y plan malvado. A David poco le importaba el estado bélico de su nación. De haber sido así, él no se habría quedado en palacio. No, David solo quiere poner cómodo a Urías para lograr lo que quiere. Acto seguido, el rey despacha a Urías y le ordena ir a su casa, no sin antes mandar comida y bebida de su mismísima mesa. Me pregunto la reacción de Urías ante tantas consideraciones reales. ¿Se habrá extrañado ante las bizarras demandas del rey? Si fue así, el relato bíblico no lo especifica. Lo que si menciona la Biblia es lo que Urías decidió hacer: Sencillamente, no fue a casa a descansar con su mujer. En otras palabras, contravino las órdenes del rey…

Las razones que da Urías para haber desobedecido ese mandato son francamente sorprendentes. Parafraseando un poco, Urías le dice al rey que para él es inconcebible estar cómodo y calentito en casa cuando las tropas, sus amigos y, sobre todo, el arca del pacto están en campaña militar… ¡Qué vergüenza para David, que un extranjero lo ponga en su sitio, con una lealtad inconmovible a una nación que no le pertenecía, pero que tampoco le era extraña!

(¿Notaron como Urías trata de “señor”, con minúscula, a Joab y de “¿Señor”, con mayúscula, a David?)

Tal parece que este hombre se siente indigno de tantas atenciones en virtud de todo lo que su gente está pasando en el campo de batalla… ¿Cómo reacciona David? Bueno, como si la cosa no fuera con él. El rey sólo está centrado en cómo esconder su pecado. Ahora, ¿de dónde sale tanta lealtad, tanta ética? Evidentemente, Urías es un hombre íntegro, no en vano trabaja para el rey. Urías da ejemplo de lealtad inquebrantable a David y a la nación. ¿David? Sencillamente perdió ante la estatura moral de este soldado.

Ahora, tomando algunas consideraciones culturales, en algún lugar leí, hace mucho tiempo, que los soldados del rey tenían ciertos rituales previos al combate, como preparación a la guerra. Uno de estos preparativos tenía que ver con la abstinencia sexual, tal como los deportistas hoy en día… Sea cual sea la razón, en este primer round, sale vencedor nuestro amigo, el soldado Urías.

Salta al ruedo de nuevo David, decidido a llevar el escondido de su pecado hasta las últimas consecuencias. Vuelve a pedirle a Urías que se quede en la ciudad una noche más antes de salir al campo de guerra, y por si acaso, lo emborracha… Pero Urías, nuestro férreo soldadito, duerme con la guardia personal del rey. En este punto, podríamos pensar que David montaría en cólera ante el saboteo de su cometido ulterior: Endilgarle su hijo al incauto Urías. Pero, no… Al día siguiente, con mucho aplomo, David escribe una carta a Joab con órdenes expresas de colocar a Urías al frente de la batalla, y no contento con eso, ¡dejarlo solo allí sin el auxilio de la tropa! Y, ¿quién lleva la carta desgraciada? ¡El mismo Urías, no faltaba más…! (¿No hemos dicho ya que la vida de David da para una novela?)

La pregunta es ¿por qué David manda a matar a Urías? ¿Vale tanto la noche de placer vivida con Betsabé? ¿Presta el rey tanta atención a su reputación? ¿Qué temía David? ¿A Dios? (esto último no lo creo posible…) Si el rey es tan poderoso como ya lo hemos analizado, ¿qué necesidad tenía de manchar sus manos de sangre? Él era dueño y señor de todo, y podía salirse con la suya. (Al menos humanamente. Más adelante en el relato, que no se analizará en esta exégesis, nos daremos cuenta que Dios no lo deja salirse con la suya…).

Personalmente considero que, cuando comenzamos a pecar no tenemos como parar. David tenía un solo propósito en su corazón, encubrir su adulterio. Una vez que comienzas a alejarte de Dios, la maldad va creciendo hasta cegarte por completo. (Génesis 6:5 dice que “Todo designio de los pensamientos del corazón de ellos – los hombres – era de continuo solamente el mal”. No en balde viene el diluvio…). Los seres humanos solemos ser así, nuestra condición humana, convenientemente alejada de Dios, nos hace comportarnos irresponsablemente y en crescendo.

¿Cómo pudo David caer en esto? ¿Dónde comenzó su separación de ese Dios que tanto llenaba su vida cuando solo era un joven caudillo a expensas de Saúl? A veces, el pecado se instala de manera tan sutil que no podemos rastrear el mero día que éste se adueña de nuestras vidas. ¿Habrá sido en la época de Mical, al permitirle tantas cosas a la mimada, desafortunada y mal querida princesa? ¿O cuando amenazó al esposo de Abigaíl en un vulgar cobro de vacuna? ¿Será cuando comienza a enriquecerse, envaneciéndose con caballos y mujeres?

Lo fascinante de David es que, cuando es grande, es realmente colosal. (¿Recuerdan a Goliat, o las veces que le perdonó la vida a Saúl, o las bondades con Mefiboset?), y cuando es malvado lo es hasta ser diabólico. (¿La mezquindad de su relación con Mical, el incidente con Nabal, el abandono de Tamar, el egoísmo del famoso censo de las tropas?) ¡Qué hombre, éste! Lo que nos lleva a pensar: ¿No será por estos contrastes que Dios lo ama tanto? (Esto último da para otra exégesis…)

Las consecuencias del adulterio de David y Betsabé y el asesinato de Urías son harto conocidas. Dios confronta de una manera muy creativa y emotiva a David con su pecado a través del profeta Natán, y profiere una maldición que perseguirá al rey por generaciones. Esto trae un rio largo e impetuoso de infortunios que desemboca trágica e ineludiblemente en la división del reino de Israel después del reinado de Salomón, a la postre fruto de la pareja en cuestión. Estos dos pobrecitos pasan por la muerte de su hijo, la violación de Tamar, la revuelta de Absalón, y muchas otras intrigas de palacio que hacen de la vida de David un verdadero infierno hasta el final de sus vidas.

Aterrador, ¿verdad? Pero, no todo es malo. Después de la muerte de Urías, Betsabé cumple con los siete días de luto por su marido y se muda a palacio, pasando a ser oficialmente esposa de David. Años después, habiendo vivido la muerte del primer hijo de ambos, tienen a Salomón y, gracias a la intervención oportuna de Betsabé hacia el final de la vida de David, este muchacho pasa a suceder a su padre en el trono… Si, Betsabé, la que nunca habló ni se quejó, entra en la historia, de la mano de Natán (sí, ese Natán) para dar el trono a su hijo. (¿No les dije yo que tenía un final feliz, en medio de todo?)

¿Quieren que siga con el final feliz? 900 años después de todo este suceso, del mismísimo tronco de Isaí (padre de David), retoña un vástago: El Señor Jesucristo. (Isaías 11:1). Y, claro, con Él se rompe la maldición. Pues, más allá de esa maldición, ya venía una promesa: “David, tu reinado no tendrá fin” (2 Samuel 7:12-16).

¿Se dieron cuenta que al final de una exegesis se pueden analizar los hechos y traerlos a la vida diaria actual? Eso es bueno hacerlo porque cuando se estudia la Biblia se precisa una aplicación a nuestras vidas hoy.

Nos vemos la semana que viene, con un tema completamente diferente.

Francis Helena

Fuente: https://francissanchez.blog

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