Una comunión viva en Cristo

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Una comunión viva en Cristo

PRIMERA PARTE
Salmo 133


Para la salud de la iglesia de hoy, es necesario equilibrar tres elementos distintivos que van con su naturaleza y su propósito o misión. Las convicciones de la comunidad, la comunión de los creyentes y la comisión hacia fuera. Si uno de estos tres elementos está descuidado, tal desequilibrio genera dificultades serias en su vida y misión. Creo pertinente recobrar el análisis de estos tres elementos a profundidad. Por ahora, basta decir que la comunión es uno de los elementos más necesitados de equilibrio por estos días en las distintas iglesias y al mismo tiempo, es uno de los que más impacto puede generar en los no creyentes ante una sociedad individualista y fragmentada en tantos sentidos.

Quiero proponer un par de reflexiones a partir del salmo 133, un clásico en la liturgia evangélica. Pero que, en su fondo, trasciende a la misma liturgia para impregnar de bendiciones la vida cotidiana del pueblo de Dios. Para el salmista era importante que los rasgos de una comunión plena entre los miembros del pueblo de Dios fuesen resaltados. Ellos probablemente cantaban este salmo en sus peregrinaciones, es decir, cuando caminaban a Jerusalén para celebrar las fiestas judías.

El salmo inicia con una invitación a mirar cómo es posible vivir en armonía y sus beneficios. Él dice: ¡Miren! Está llamando la atención. ¡Vean todos! ¡Hagan caso a esto! Es como ver a los hermanos juntos y al explicar su vida en comunidad decir: ¡Mírenlos como conviven!

El salmo nos ilustra, y ahora podemos comprender que nosotros también somos hermanos en el Señor Jesucristo (Juan 1:19). Ellos peregrinaban y se reunían para celebrar a Jehová, a su Dios. Nosotros también, pero ahora, el Jehová encarnado, sacrificado y resucitado en la persona de Jesús. De manera que, podemos hablar acá de una comunión viva en Cristo. Consideremos brevemente, el primer aspecto. Pienso hacer dos entregas sobre el tema. Las condiciones para una comunión “viva” en Cristo. Y las bendiciones de una comunión viva en Cristo.

Primeramente, es necesario resaltar la condición para una comunión “viva” en Cristo. ¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! (v. 1). El salmista llama la atención hacia la plenitud de vivir como hermanos en la fe. El v. 1 muestra las condiciones para vivir plenamente como creyentes, mientras que los Vv. 2-3 narran las consecuencias o las bendiciones de ese tipo de armonía haciendo uso de dos metáforas. Para el salmista, la vida en comunidad es buena y debe ser buena hoy para nosotros.

La comunión genuina es una vida en común que trasciende los esquemas organizacionales de la iglesia. Cuando nos unimos a Jesús tenemos una fe en común y es desde esta unión que podemos valorar lo dicho por el salmista. Para él, habitar juntos es delicioso. Es una experiencia plena en comunidad. Acá está hablando de una experiencia cotidiana que les acerca, les une como pueblo, y lo continúa haciendo. Vivir juntos no necesariamente es vivir bajo un mismo techo. Sino vivir en un mismo circulo de relaciones en determinado lugar y determinado momento histórico. Vivir juntos es construir relaciones sanas como hermanos en la fe, relaciones que nos llevan a experimentar momentos que estrechan lazos fraternos indisolubles ante las adversidades.

El compañerismo o la koinonia en la iglesia organizada con principios de la administración moderna ha pasado a ser parte de un programa, de un organigrama. Se ha enjaulado la existencia viva en comunidad a las actividades planificadas, a los horarios establecidos y a los protocolos eclesiásticos. Pero la comunión entre los creyentes debe trascender estos esquemas, de lo contrario, se domestican las relaciones a lo rutinario. Se pierde el impacto de las experiencias cotidianas, el valor del recuerdo de lo vivido juntos en la fe en Cristo, lo cual, es lo que a fin de cuentas nos queda al paso del tiempo.

Pablo sabía el valor de las experiencias juntos, buenas o malas, pero que fortalecen a la iglesia. Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran. (Rom. 12:15, NVI). En la tarea pastoral, las relaciones más estrechas que he tenido es con gente a la que he servido. Aquellos que he acompañado en momentos alegres, en una enfermedad, y hasta en la muerte. Todas, experiencias muy significativas. Dentro de ellos, recuerdo a Marcelo, un personaje alejado de la iglesia, que poco a poco fui conociendo; haciendo mi amigo, aunque renuente a rendirse a los pies del Señor hasta que llegó el momento.

Marcelo fue diagnosticado de leucemia, y por las obras misteriosas de Dios, tuvo que mudarse al edificio donde vivo. Comenzamos a visitarlo más continuo. Sirviéndole, acompañándole en su recuperación, hasta que en una ocasión se rindió ante el Redentor. Su vida cambió. Ya no era una persona malhumorada. Ahora, tocaba las puertas de mi apartamento muy temprano: Pastor, ¿Ya desayunó? ¡Acá tiene un aguacate! –Decía. Marcelo se hizo mi amigo y hermano en Cristo. La experiencia de “habitar juntos”, más allá de los programas de la iglesia, cambió mi vida y me acercó tanto más él. Hasta que, a causa de su enfermedad, recayó.

Muy de mañana un lunes, recibí la llamada en la que me informaron que estaba en el ambulatorio cercano. Se había descompensado. Salimos y estuvimos con él, no olvido su sonrisa, a pesar de su debilidad. Conversando y animándolo para que superara este mal momento. Marcelo, se reclinó, cerró sus ojos y partió con el Señor mientras estaba en los brazos de mi suegro y míos, cuando lo cargábamos para su electrocardiograma. Realmente fue una amistad muy cercana. Fue un compañerismo que trascendió lo rutinario que se han tornado las reuniones frías y calculadas de “comunión”.

Vivir juntos no es solo pasar tiempo juntos en actividades y estar confinado a permanecer ahí, aun cuando el ambiente no es sano entre los creyentes. Comunión es pertenecer a un círculo de relaciones fraternales, donde podamos servirnos unos a otros y tener la confianza para apoyarnos en lo que sea necesario. Aun, en la misma muerte.

Este tipo de experiencia en comunidad, más allá de lo planificado, sino desde lo cotidiano, abre paso a la armonía. A esto se refiere el salmista. “Juntos y en armonía”. Una cosa es vivir juntos, la otra es vivir juntos en armonía. Es decir, vivir en paz y mutuo entendimiento unidos por la fe y la comisión que tenemos en Cristo. Aunque cada uno tenga su manera de ser, sus anhelos, sus ocupaciones, sus opiniones. La tarea es hallarse todos enfocados en el fin supremo de habitar en Jesús para servir en su nombre. Es análogo a un concierto de orquesta. Todos los instrumentos tienen una característica particular. Hay instrumentos de viento, de percusión, de cuerdas, cada uno da su sonido distintivo. Sonido que le hace especial. Pero todos enfocados en la misma partitura suenan armónicos. Todos están claros en su propósito para una misma causa, como nosotros debemos estar unidos para la nuestra.

¿Podemos cultivar este tipo de comunión viva? ¿Podemos vivir juntos y en armonía realmente? ¿Será que el limitar la “comunión” a la planificación eclesiástica nos ha hecho perder la alegría y la sencillez de corazón compartiendo desde lo cotidiano? ¿Cómo podemos recuperar una comunión natural y espontánea como en la iglesia de Hechos? No se trata dejar de planificar, se trata de cultivar una armonía real, dentro y fuera de las estructuras eclesiásticas, puesto que la iglesia somos nosotros, que existimos y nos movemos en el día a día.

Tal nivel de importancia posee la comunión, que Jesús oró fervientemente por ella para que hoy fuese una realidad entre nosotros:

     No ruego sólo por éstos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos, para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí.
(Juan 17:20-23, NVI)

Mag. Abihail Lara

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